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A principios de los años diez a los veinte, data que ya hubiera escuela en nuestra localidad. Estaba situada, donde hoy son las antiguas cuadras de vacas del señor Eutiquio, que en paz descanse. Muchos fueron las personas que pasaron por esta escuela rudimentaria, desde nuestros abuelos  y padres hasta gente de otros pueblos, aunque pronto la dejaban por ayudar en las tareas del campo.

Pero hasta la construcción de la escuela de niños de Vegas que fue como un aviso, como una alerta que puso en vela a otros pueblos del municipio, no se decidieron a construir al fin la suya con sus propios recursos, sin esperar a promesas de políticos en tiempos de elecciones y que solían parar sólo en eso, en promesas.

Comenzó el pueblo de S. Cipriano al que siguieron Villafruela y Castrillo; Moral tampoco se retrasó así como Cerezales. Villanueva, San Vicente, Castro, nuestro pueblo “ Represa “, y últimamente Santa María dispusieron en pocos años de nuevos locales, más amplios, más higiénicos y en algunos casos con moderno material; algo importantísimo para que la población escolar sintiese el deseo de ocupar en ellos un puesto o un asiento cómodo del que antes carecían. Coincidiendo con esta mejora tan necesaria comenzaron a llegar a las escuelas del municipio nuevos maestros, que ya desde 1915 se les llamaba nacionales y que dotados de una mejor independencia económica y de mayor cultura fueron borrando aquella vieja estampa que tanto daño produjo a la infancia al quitar prestigio a quien tenía en sus manos la educación de la misma. Estos nuevos maestros, que habían cursado sus estudios en las escuelas normales, llegaban al medio rural con una preparación hasta entonces poco conocida; preparación que seguía ampliándose con la asistencia a cursillos y perfeccionándose con la superior competencia del inspector adscrito a la zona.

La primera escuela normal se estableció en Madrid en el año 1839, siendo Montesino se primer director, al que siguió el calígrafo Yturzaeta. En León la conocimos en el caserón de la plaza de D. Gutiérrez; de allí se trasladó a la calle del Cid, a la vieja casa que dejó la Beneficencia en cuyo solar se levantó más tarde la Audiencia Provincial. Por último se instaló en el moderno edificio que tiene hoy al comienzo de la carretera Asturias.

Uno de aquellos primeros cursillos tuvo lugar en agosto de 1926. Estuvo presidido por el Director General de 1ª Enseñanza y los rectores de las universidades de Oviedo, Salamanca, Santiago y Valladolid. Explicaron lecciones 36 profesores de escuelas normales, inspectores e 1ª enseñanza y maestros nacionales de 17 provincias sobre el problema del analfabetismo, la asistencia popular a la Escuela Nacional, la técnica pedagógica y las instituciones complementarias de la escuela. Al interés despertado por la moderna escuela primaria se unió bien pronto el de las clases nocturnas para adultos, a las que asistían numerosos alumnos, algunos de avanzada edad con hijos en la escuela primaria con el deseo de ampliar en lo posible las enseñanzas recibidas de niños. Hubo también momentos en los que se pensó en la posibilidad de que aquella cultura primaria que salía de la escuela quedase congelada por carecer de bibliotecas para que el alumnado adulto continuara formándose, instruyéndose aún después de abandonar las clases; pues en las casas de vecindad escaseaban los libros, las revistas y los periódicos. Puede asegurarse que en gran número de los hogares, al empezar la década d los 20, no existían más lecturas que algún sumario de la bula de la Santa Cruzada, el catecismo, un devocionario con vía crucis para Semana Santa y el calendario zaragozano, que juntamente con la experiencia de algunos pastores y la propia del labriego, constituían el mejor compendio de meteorología a disposición del hombre del campo. 

 

En 1912 se establecieron las bibliotecas llamadas CIRCULANTES, que se enviaron a las provincias, donde se las dividió en tantos lotes como de partidos judiciales había para que recorrieran los pueblos como ahora hace el Bibliobús; disposición digna de alabanza, pero que no llegó a cumplir plenamente aquella misión para la que fue creada. Otras disposiciones oficiales, como las que establecieron la Fiesta del Árbol y las Mutualidades Escolares, tampoco tuvieron una próspera y larga vida, debido tal vez a las limitaciones impuestas por el carácter puramente educativo con que se crearon. La Ley del 57 estableció la enseñanza obligatoria y gratuita para los que no pudieran pagarla, condición esta última que por ser imprecisa dio lugar a distintas interpretaciones. ¿Quiénes eran los que no podían pagarla; los pobres de solemnidad incluidos en el censo de la beneficencia municipal?. Lo cierto es que al empezar nuestro siglo, casi la totalidad de los niños que asistían a las escuelas públicas en este municipio disponían de un pequeño equipo escolar que, en algunos casos, ya había servido para algún hermano mayor e incluso para sus padres; equipo que venía a responder a aquella famosa trilogía ya mencionada, pero en un grado muy elemental.

Estamos ya en la clase de lectura. Se empezaba con la palabra CRISTUS, nombre que se daba a la cruz que precedía al abecedario en la cartilla. Seguidamente se pasaba al conocimiento de las letras y de sus fonemas. Después de estar silabeando un año entero se pasaba al insípido y "más difícil todavía" Libro Segundo para terminar ya en los últimos años con libros de lecturas como el Juanito o manuscritos como el Guía del Artesano . Para memoria tenían el catecismo, la Historia Sagrada y la Gramática, que solían escribirse por preguntas y respuestas. De momento para la Aritmética bastaban las tablas para iniciar a los niños en el cálculo. Completaban el equipo escolar pizarra y pizarrín, una pluma y unas cuartillas de papel pautado para la escritura con una o dos líneas de muestra. Cuando el papel carecía de estas muestras se utilizaban unas tablillas que solían verse colgadas de las paredes de la clase con varias series de la caligrafía de Iturzaeta, recomendada por el Gobierno; el resto del material de enseñanza lo ponía la escuela.

En el año 1892 se dispuso que todas las escuelas públicas tuvieran a la puerta, durante las horas de clase, el escudo y la bandera nacionales, medida que creemos fue inspirada por un sentimiento patriótico, porque para saber dónde estaba la escuela pocas veces hacía falta tener a la puerta un escudo y una bandera, nos lo decía a distancia el monorrítmico canto de las tablas de aritmética, en especial la de multiplicar. Esta fue a grandes rasgos la escuela y la enseñanza heredadas del pasado siglo y que todavía vivieron algunos años del presente. Para cambiarlas, para vencer una costumbre de siglos, hubo que trabajar mucho. Era urgente salir de aquel caos de leyes, disposiciones, decretos, órdenes, cédulas reales, etc. etc., que sólo conducían a una confusión por lo poco que duraban; había que llegar a una situación estable, segura, para que la enseñanza no sufriera deterioro con tanto cambio, cuando éstos no significaran un avance para modernizarla y ponerla en condiciones de aceptar cualquier reforma que la diera el prestigio que siempre mereció y que antes no tenía.

Hacia el año 1950, mas o menos, se concedió una permuta para  construir una nueva escuela, en el lugar donde  la que conocemos hoy en día, pero alrededor de 1975 la escuela de nuestro pueblo cerro por falta de alumnado, dejando atrás una larga historia de enseñanza a sus convecinos. Durante los años siguientes fue dejada a su suerte, siendo saqueada y en parte destrozada por gamberros, que aprovechaban su situación apartada del pueblo. Hoy en día, esta en manos privadas y esta siendo reconstruida, pero sea cual sea su finalidad, siempre la llamaremos cariñosamente “La Escuela”.